Después de muchos años, vine a Caracas de visita y, unos meses después, a quedarme. En las dos ocasiones me costó muchísimo hacer planes.
No por falta de gente. Unos ya no están, otros tienen las semanas llenas, y muchos de mis amigos tienen hijos y otro ritmo. Cuadrar una cena se volvía una cadena de mensajes que casi siempre terminaba en «la próxima».
Y hubo días en que directamente no tenía a quién escribirle, así que salí solo. Varias veces. Ahí entendí algo que no es mío sino de la ciudad: en Caracas la gente no sale sola. Se sale en grupo, o mínimo en pareja. Sentarse solo en una mesa aquí se nota, y quien lo hace lo sabe. Así que no solo cuesta cuadrar con alguien, sino que la alternativa tampoco es cómoda.
Podía quejarme, que es lo fácil. O podía armar lo que me hacía falta. Eso es Aro Club.
Seis personas que no se conocen, una mesa, un sábado.
Nosotros armamos la mesa y reservamos. Tú apareces. No hay perfiles que mirar, no hay fotos, no hay a quién elegir, no hay conversación previa. La primera conversación es en la mesa.
Que no haya nada que elegir no es un recorte de funciones, es el producto. En el momento en que puedes escoger con quién te sientas, escoges a alguien parecido a ti y no conoces a nadie nuevo.
Y resuelve lo de arriba de una manera tonta y directa. Nadie llega solo a una mesa de Aro, porque la mesa ya existe antes de que llegues.
No es una aplicación de citas.
Puede pasar que dos personas se conozcan en una mesa y aquello vaya a otro lugar. Ojalá pase. Pero sería una consecuencia de haberse conocido de verdad, no la premisa con la que se sentaron. La premisa es una mesa, no una pareja.
Empezamos por cenas porque es a lo que más fácil se le dice que sí. Una cena tiene hora de inicio y de final, no te compromete la noche entera, y comer juntos es la excusa más vieja que existe.
Pero la mesa no es el punto, la gente sí. Después vienen los cafés, las salidas a tomar algo, un plan para correr un sábado por la mañana. Formatos distintos, porque no a todo el mundo le encaja lo mismo ni el mismo día. La cena es por dónde se empieza, no dónde se acaba.
Caracas está llena de gente en movimiento. Hay quien volvió después de años. Quien está de paso. Quien vino unas semanas y se quedó. Quien nunca se fue y vio su círculo encogerse mientras los demás se iban. Quien trabaja a distancia y habla con veinte personas al día sin ver a ninguna en persona, y termina la semana sin un solo plan. Y quien simplemente quiere un círculo más grande que el que tiene.
Ninguna de esas seis personas tiene hoy una forma sencilla de sentarse a cenar con alguien nuevo. Eso es lo que queremos que deje de ser raro.
Empezamos en Caracas porque es donde vivo y donde me pasó. Pero esto no pasa solo aquí, pasa igual en Valencia, en Maracaibo, en Mérida, en cualquier ciudad donde la gente se fue, volvió, o se quedó viendo cómo se iban los demás.
Empezamos aquí porque hay que empezar en algún lugar. Queremos que llegue a todo el país.
Conocer gente no debería requerir una excusa, ni una app de citas, ni esperar a que un amigo te presente a alguien. Compartir mesa con desconocidos debería ser normal, y en muchas ciudades del mundo ya lo es.
Aro Club está empezando, y cada mesa la armamos pensando en quién se sienta con quién. Es una iniciativa que quiere aportar algo a la ciudad donde vivo, y que se sostiene si a la gente le sirve.
Por eso las primeras mesas importan tanto. No estamos buscando usuarios, estamos buscando a las primeras personas que se sienten, porque son las que van a decidir qué es esto realmente.